Investigador RENACYT V y Docente Investigador Universitario de la USMP Arequipa
Publish or perish. La frase tiene décadas circulando en la academia mundial y ha sido objeto de análisis, crítica y defensa por igual. En su origen, respondía a una lógica razonable: la producción científica como evidencia del trabajo intelectual de un investigador. El problema no es el principio. Es lo que ocurre cuando se aplica sin las condiciones que lo justifican. En el contexto peruano, exigir publicaciones en revistas indexadas se ha instalado como criterio central de evaluación académica. Eso, en sí mismo, no es cuestionable. Lo que sí merece reflexión es la tendencia de ciertas instituciones a medir la productividad investigadora exclusivamente por volumen: cuántos artículos, en cuánto tiempo, en qué cuartil. Un investigador no es un trabajador bancario al que se le puede exigir un número de operaciones por mes. La ciencia no funciona con metas trimestrales ni con indicadores de rendimiento que ignoran la naturaleza del conocimiento. Un artículo publicado sin una pregunta relevante detrás no representa productividad científica: representa la apariencia de ella.
Bajo esa lógica, la pregunta que orienta el trabajo del investigador deja de ser científica para volverse estratégica. Ya no es qué problema merece ser estudiado, sino qué puede publicarse en el menor plazo posible. Ese desplazamiento, aunque silencioso, tiene consecuencias metodológicas concretas: diseños de investigación poco ambiciosos, muestras convenientes, preguntas formuladas para ser respondidas rápido, no para generar conocimiento genuino. Un investigador con cuotas de producción que cumplir difícilmente puede darse el tiempo que exige una buena revisión de literatura, una recolección de datos rigurosa o una discusión teórica honesta con la evidencia disponible. Y cuando el tiempo no alcanza, los estándares ceden. No necesariamente por deshonestidad, sino por la presión de un modelo que premia la cantidad sin garantizar la calidad.
Lo que resulta llamativo es que las instituciones más exigentes en términos de producción no siempre destinan recursos proporcionales a hacer viable esa exigencia: horas de investigación reconocidas en la carga académica, acceso institucional a bases de datos especializadas, fondos para cubrir los costos de publicación en acceso abierto. Sin esas condiciones, la presión produce ciencia débil o, en el peor de los casos, ciencia falsa. Arequipa cuenta con investigadores formados y comprometidos que trabajan con los recursos que tienen, que no siempre son los que necesitan. La discusión pendiente no es si deben publicar más. Es si están siendo evaluados con criterios que realmente distinguen entre producir conocimiento y aparentarlo.
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