Universidad de San Martín de Porres | Filial Arequipa

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Profesor Asociado de Medicina y Responsable del Centro de Investigación en Educación Médica de la USMP

Cada año, miles de estudiantes universitarios en el Perú elaboran tesis para poder titularse y ejercer profesionalmente. En carreras como Medicina esto resulta especialmente sensible, porque sin título no se puede ejercer legalmente la profesión. Así, la investigación deja de ser solamente una experiencia académica y termina convirtiéndose, en muchos casos, en una condición obligatoria para trabajar. Pero surge entonces una pregunta incómoda: ¿estamos construyendo auténtica cultura científica o simplemente multiplicando trámites académicos?

El debate no debería centrarse únicamente en si existen modalidades alternativas de titulación. El verdadero problema parece ser otro: estamos confundiendo formación profesional con producción obligatoria de investigación. Una tesis puede evidenciar cierta capacidad investigadora, pero no necesariamente competencia profesional integral. Esto no ocurre solo en Medicina. También aplica a muchas otras carreras donde el perfil del egresado incluye múltiples competencias prácticas, éticas, comunicacionales y técnicas que difícilmente pueden resumirse en un único trabajo académico sobre un tema específico. Además, muchas veces el tema elegido responde más al interés particular del estudiante que a las necesidades más relevantes de la sociedad o de la profesión. Y aunque investigar siempre será valioso, convertir la tesis en mecanismo masivo de certificación profesional puede generar efectos no deseados.

Uno de esos riesgos es la burocratización de la investigación. Es decir, situaciones donde el proceso termina centrado en cumplir requisitos formales —asesorías, revisiones, sustentaciones y aprobaciones— más que en construir auténtico aprendizaje científico o producir conocimiento relevante. Cuando la investigación se transforma en requisito burocrático, comienzan a aparecer mercados de “asesorías”, servicios de redacción, parafraseadores e incluso el uso irresponsable de inteligencia artificial para producir documentos aceptables más que conocimiento real. La inteligencia artificial no creó este problema; simplemente revela cuán dependiente del producto final se ha vuelto el sistema. Porque la ciencia universitaria auténtica no se decreta, se financia, se organiza y se cultiva. Requiere docentes con tiempo, líneas de investigación activas, mentoría real, financiamiento y comunidades académicas

sólidas. Sin ese ecosistema, el riesgo es terminar produciendo miles de tesis y muy poca ciencia.

Tal vez la verdadera alfabetización científica no consista en obligar a todos los estudiantes a producir investigaciones formales, sino en garantizar que todos sepan comprender críticamente la evidencia, cuestionarla y utilizarla responsablemente en su vida profesional. Quizá el desafío no sea exigir más tesis, sino construir universidades capaces de formar profesionales competentes, con auténtico pensamiento científico y con acceso real a ecosistemas de investigación de calidad.