Doctor en Ciencias de la Computación y Docente Investigador de la USMP Arequipa
Todos los días usamos inteligencia artificial. Le pedimos que redacte un texto, traduzca un documento, analice información o responda una pregunta. Parece algo sencillo: escribimos desde una computadora o un celular y, segundos después, tenemos una respuesta. Pero detrás de esa aparente facilidad existe una infraestructura enorme que casi nunca vemos.
Servidores, chips especializados, centros de datos, fibra óptica, sistemas de refrigeración y, sobre todo, grandes cantidades de energía hacen posible aquello que aparece en nuestra pantalla.
Y allí se está librando una competencia mundial que el Perú debería empezar a mirar con mayor atención.
Stargate: detrás de la IA también hay cemento y electricidad
Stargate ayuda a entender la dimensión de lo que está ocurriendo.
El proyecto fue anunciado en Estados Unidos en enero de 2025 con una inversión prevista de hasta US$500 mil millones para desarrollar infraestructura de inteligencia artificial. Durante 2026 continuó ampliándose con nuevos proyectos de centros de datos y capacidad computacional.
La cifra puede parecernos lejana. Pero deja una enseñanza bastante cercana: la inteligencia artificial parece virtual; la infraestructura que la sostiene no lo es.
Para que una persona pueda conversar durante unos minutos con un sistema de IA se necesita capacidad de procesamiento, almacenamiento, redes, electricidad y refrigeración.
Por eso, la competencia mundial ya no consiste únicamente en desarrollar el mejor algoritmo. También consiste en tener capacidad para hacerlo funcionar.
Una nueva brecha
En el Perú conocemos bastante bien la expresión “brecha digital”.
La vemos cuando una comunidad rural tiene dificultades para conectarse a Internet, cuando un estudiante no dispone de una computadora o cuando una institución pública todavía depende del papel para realizar buena parte de sus trámites.
Pero la inteligencia artificial está creando otra brecha, menos visible y posiblemente más profunda. Chang y Jiao (2026), en AI & Society, la denominan brecha de infraestructura: la distancia entre los territorios que poseen energía, centros de datos, capacidad tecnológica e instituciones preparadas para sostener la inteligencia artificial y aquellos que dependen de infraestructura desarrollada en otros lugares.
Su estudio analiza 84 países y muestra que la expansión de la IA no depende únicamente del talento o de tener buenas ideas. También requiere energía, infraestructura y capacidad institucional.
Un país puede tener millones de usuarios de inteligencia artificial y seguir siendo, principalmente, consumidor de tecnología.
Ese es el punto que debería preocuparnos.
¿Dónde está el Perú en esta carrera?
El Perú no parte de cero.
Tenemos profesionales, investigadores, universidades, empresas tecnológicas y una política nacional que empieza a incorporar la inteligencia artificial. También existe un mercado de centros de datos que viene creciendo.
Pero hay una diferencia que no deberíamos perder de vista: usar inteligencia artificial no significa crear inteligencia artificial.
Cada día utilizamos más herramientas de IA generativa, como ChatGPT, Copilot y muchas otras. También se multiplican los cursos de machine learning y aprendemos a utilizar plataformas cada vez más sofisticadas.
Las universidades vienen abriendo carreras y programas relacionados con inteligencia artificial, ciencia de datos y robótica. Es una buena noticia. Pero abrir una carrera es apenas el comienzo.
Todo eso es necesario.
Pero utilizar tecnología creada fuera del país no significa que hayamos desarrollado capacidad suficiente para producirla nosotros mismos.
Podemos convertirnos en excelentes usuarios de inteligencia artificial y, aun así, seguir dependiendo de modelos, plataformas, chips e infraestructura desarrollados principalmente en otros países.
Ese es quizá uno de los riesgos menos discutidos: aprender rápidamente a consumir inteligencia artificial sin avanzar al mismo ritmo en nuestra capacidad para crear tecnología.
Y aquí aparece una pregunta incómoda:
¿Estamos preparando al Perú para crear inteligencia artificial o solamente para utilizar la que otros desarrollan?
Las universidades vienen abriendo carreras y programas relacionados con inteligencia artificial, ciencia de datos y robótica. Es una buena noticia. Pero abrir una carrera es apenas el comienzo.
¿Dónde investigarán esos jóvenes? ¿Con qué capacidad computacional entrenarán modelos? ¿Dónde estarán los laboratorios? ¿Quién financiará proyectos que necesiten infraestructura durante varios años?
Podríamos terminar formando excelentes profesionales que sepan utilizar las tecnologías más avanzadas del mundo, pero que para investigar, experimentar o desarrollar sus propios modelos dependan de infraestructura ubicada a miles de kilómetros del Perú.
El verdadero debate para el Perú, entonces, no es si tendremos acceso a la inteligencia artificial. Ya lo tenemos. El desafío es decidir si seguiremos siendo principalmente usuarios de tecnologías desarrolladas fuera del país o si construiremos también capacidad para investigar, adaptar y crear desde nuestros propios territorios.
Allí está la diferencia entre consumir la revolución tecnológica y participar en ella.
¿Y por qué todo tendría que estar en Lima?
Aquí aparece una discusión que considero necesaria.
Cuando hablamos de grandes proyectos tecnológicos en el Perú, buena parte de la infraestructura, la inversión y las decisiones terminan concentrándose en Lima.
Pero el país no termina allí.
Arequipa, Cusco, Puno, Moquegua y Tacna concentran universidades, minería, agricultura, energía, turismo, biodiversidad y problemas ambientales que necesitan soluciones científicas.
Por eso propongo poner en discusión la creación de un Centro Regional de Cómputo e Inteligencia Artificial del Sur del Perú.
No estoy proponiendo construir nuestro propio Stargate. Sería absurdo comparar escalas.
La propuesta es mucho más cercana a nuestra realidad: una infraestructura científica compartida que conecte capacidad computacional, universidades, investigadores, empresas y Estado con problemas concretos de Arequipa, Cusco, Puno, Moquegua y Tacna.
No tendría que ser solamente un edificio lleno de servidores. Debería funcionar como una plataforma para investigar, experimentar, formar especialistas y desarrollar soluciones que respondan a las necesidades del territorio.
Una IA que conozca nuestros problemas
Pensemos en Puno.
La inteligencia artificial podría ayudar a anticipar heladas y sequías, analizar disponibilidad de agua, estudiar cambios ambientales en el lago Titicaca o mejorar la planificación agrícola.
En Arequipa y Moquegua podría aplicarse al monitoreo ambiental, minería, energía y gestión del agua. Cusco ofrece enormes posibilidades en agricultura, turismo, patrimonio cultural y gestión territorial. Tacna enfrenta desafíos relacionados con agua, agricultura tecnificada y dinámica fronteriza.
Es decir, no nos faltan problemas para investigar. Lo que muchas veces falta es conectar problema, conocimiento, datos, infraestructura y financiamiento.
Quechua y aimara también deben entrar en la era de la IA
Hay otro asunto que desde el Perú deberíamos mirar con especial atención.
Nuestras lenguas.
Gran parte de la inteligencia artificial disponible actualmente funciona mucho mejor con los idiomas que poseen enormes cantidades de información digital.
¿Y qué ocurre con el quechua y el aimara?
Si nosotros no construimos conjuntos de datos, herramientas lingüísticas y modelos adaptados a nuestras lenguas, difícilmente serán una prioridad para quienes desarrollan tecnología desde otras partes del mundo.
Imagine que una niña de una comunidad del altiplano pueda conversar con un sistema educativo inteligente en la lengua de sus padres y abuelos.
Eso también es inteligencia artificial.
Y probablemente sea una aplicación mucho más importante para nosotros que algunas de las demostraciones tecnológicas que se vuelven virales en Internet.
No se trata de comprar GPU
Aquí también debemos evitar un error bastante conocido en el Perú: creer que modernizar significa comprar equipos.
Podemos llenar una sala de servidores y seguir sin producir innovación.
Un proyecto de esta naturaleza necesita electricidad estable, conectividad, refrigeración, ciberseguridad, mantenimiento, investigadores y financiamiento sostenido.
Además, los centros de cómputo consumen energía y requieren sistemas de refrigeración. En regiones donde el agua y la energía son asuntos sensibles, esa discusión ambiental debe comenzar antes de construir, no después.
No tendría sentido utilizar inteligencia artificial para resolver problemas ambientales creando otros nuevos.
Por eso, más que pensar solamente en un centro de datos, deberíamos imaginar un laboratorio territorial de inteligencia artificial. Su éxito no debería medirse por cuántas GPU tiene.
Debería medirse por cuántos problemas ayuda a resolver.
¿Qué estamos construyendo nosotros?
Las universidades pueden aportar investigadores y formar talento. Las empresas conocen los problemas productivos y pueden invertir. El Estado posee información y enfrenta problemas públicos que necesitan mejores soluciones.
Ninguno puede hacerlo solo.
La oportunidad está precisamente en juntarlos.
Mientras Estados Unidos, China y otras potencias compiten por semiconductores, energía y enormes centros de datos, el Perú no necesita imitarlos. Necesita encontrar su propia escala
Una escala donde la inteligencia artificial ayude a un agricultor a anticipar una helada; permita administrar mejor el agua; apoye un diagnóstico médico lejos de una gran ciudad; contribuya a entender qué ocurre con el lago Titicaca; fortalezca la seguridad minera o permita que una niña aprenda utilizando tecnología en quechua o aimara.
Eso también es inteligencia artificial.
Y posiblemente sea la inteligencia artificial que más necesitamos.
En los próximos años discutiremos carreteras, hospitales, colegios, irrigaciones y otras grandes inversiones. Todas son necesarias. Pero deberíamos empezar a incorporar otra pregunta a la discusión sobre el desarrollo del país:
¿Qué infraestructura científica y tecnológica estamos construyendo para los próximos veinte años?
Stargate demuestra hasta dónde puede llegar la infraestructura tecnológica cuando se juntan capital, energía, ciencia y estrategia.
Nosotros no necesitamos otro Stargate.
Necesitamos saber qué queremos construir con nuestra propia realidad, nuestras capacidades y nuestros problemas.
El sur del Perú podría ser un buen lugar para comenzar.
Porque la próxima brecha ya no será solamente entre quienes tienen Internet y quienes no. También será entre quienes usan inteligencia artificial y quienes tienen capacidad para crear con ella.
La pregunta es en qué lado queremos que esté el Perú.
Puedes leer el artículo original en el siguiente link: https://revelacion.pe/2026/10/08/edicion-08-de-octubre-2026/